lunes, 20 de agosto de 2012

XI


 Animales negros sobre fondo negro (XI)


Mis animales no consuelan el llanto. Se quedan ahí, donde puedo sentirlos, pero no se acercan. Me dejan llorar mis lágrimas, revolcarme entre los miedos. Pagar mis lutos. Me escuchan gemir y revolverme, me observan secarme las lágrimas con el dorso de la mano. Pero sin tacto. No acarician con su hocico mis deshechos. Se mantienen cerca, pero al margen.

Escucho el nudo en el estómago, algo que cruje dentro de mi cabeza y me anuncia ese mar. Un instinto que se empeña y me acumula las deudas. Y no suelta ni rinde. No parpadea. Sigo a contratiempo, esperando la luz que no llega. Una sola palabra. El mundo. Y lo que tengo, sin embargo, es este murmullo de soledad garantizada. Desde que soy instinto y cielo, y sé…pero me empeño. No quiero siquiera deberme el reproche. Te dolerá bien o nada. Y yo. Y el espacio que nunca compartimos. Sin estrenar. Y toda esta piel.

Mis animales saben que no tienen la fuerza suficiente para sostenerme. Quizá ni yo misma la tenga, todavía. Pero saben que algún día me crecerán tanto las manos que podré, por mí misma, levantar mi propio peso.

Y ahora, en este vacío intenso, el de después de la lluvia, encuentro la paz. Una paz efímera, es cierto. Y aún así necesaria. 

Todo lo acumulado se ha ido, o al menos, queda diluido en el agua. A los animales los distingo incluso en la distancia.

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