Animales negros sobre fondo blanco (I)
Aprendo a dejar crecer las plantas
sin ahogarlas.
La paciencia
para no pudrir la tierra que sostiene sus raíces.
Después de un tiempo sumergidas,
dejándolas beber lo que necesitaban,
las devuelvo a la tierra.
Sostiene la tierra aquella maceta que ya la acogió en el pasado. Al volver, fue lo primero que recogí de casa de mis abuelos. La vi, tirada en el arriate. La maceta estaba rota en tres o cuatro trozos y me la llevé. Al llegar a casa, saqué la tierra, separé las raíces y metí la cinta en un vaso con agua. Recordé que aquella maceta de barro, con flores pintadas, era algo que había visto en ese jardín durante toda mi vida. La limpié y pegué los trozos para volver a poner la cinta dentro. Un día la dibujé. La cinta en el vaso, con sus raíces sumergidas en el agua, en un intento absurdo por volver a soltar la mano, recordar el trazo de antes. Recuperar la memoria del lápiz, que se me había olvidado. Después volví a pintar la cinta, esta vez, sin vaso, flotando en una nada que pretendía ser agua, con un pez. Alguien leyó en mis dibujos, interpretó algunas cosas, y la cinta se quedó en el vaso. La he dejado mantenerse a flote, sin ayuda. Ahora la he devuelto a la tierra, como he vuelto yo a la mía. No crece aún, está tomando fuerza.
Pienso cuánto se parece esa planta a mí misma, que no se acomoda aún a los nuevos espacios. Esta casa que no es hogar, a pesar de los meses. Esta impaciencia de quererlo todo ya, el ansia de una comodidad que sólo encontraré con el tiempo.
No iba a ser fácil estar en el camino hacia mí. Lo supe desde el primer momento que me senté en aquella silla frente a unos ojos sin miedo que dicen lo que yo no me atrevo a decirme. Saberme demasiado estricta conmigo misma. Y lo que quiero, empujando por salir de dentro y yo sosteniéndolo y manteniéndolo a duras penas.
Saber que he de permitirme la fragilidad.
Encender las luces es encontrar a veces el horror de todo lo que he querido ocultar durante años. A la vez es descubrir lo que late dentro, escucharlo despacio, saber que es necesario, y es la hora.
Cambiar el orden de preferencia de las cosas. Dejar que cada pieza ocupe su lugar. Hasta vaciarme. Hasta ahí, y un poco más. Sobrepasar los límites autoimpuestos. Hora tras hora. Quizá en una espiral que desvaríe. Como si fuera la primera vez, como la última. Como una noche de sexo sin tregua, como una hora de llanto inconsolable. Como en la vida. Seguir. Hasta que duela. O hasta que deje de doler. Dejarme ser.
Y qué importa el zumbido que chilla alrededor. Esto soy yo. En esta cuenta atrás del tres dos uno, hasta el blanco. Para ensuciarlo.
Los animales se aprenden al contrastar con el fondo.
cuánta nostalgia en volver a casa de los abuelos.
ResponderEliminarquizá no sea otra cosa que meter otra vez el dedo y remover todas esas preguntas sin respuesta.
un abrazo.
No me canso de verte hacer magia, tu magia.
ResponderEliminarÉsa que hace que las puñaladas de los recuerdos sean como susurros del no-olvido, ésa que hace que las sombras no sean ausencias de luz si no presencias.
Ésa que hace que de tanto en tanto escribas un punto y a parte para empezar en otro renglón, con mayúsculas, claro.
Beso
Como la sabiduría,las raíces retoman la profundidad,
ResponderEliminarsin perder por un segundo la importancia en el vigor de los tallos,los telescopios que nos permiten ver nuestra vida
desde un sosiego de crecimiento.
Un besito, amiga.